El secreto tras la puerta de cristal: El día que el pasado reclamó su deuda

Publicado por relatoschico el

Sé que no podías quedarte con la duda, por eso te agradezco que hayas decidido llegar hasta el final de esta historia.

El eco de los tacones de Sonia sobre el mármol italiano de la entrada resonaba como disparos en el silencio sepulcral de la mansión. Sofía, con las manos entrelazadas al frente y una maleta desgastada que parecía un insulto visual frente a tanto lujo, no bajó la mirada. Sonia se detuvo a escasos centímetros de ella, exhalando un suspiro cargado de un perfume caro que no lograba ocultar la frialdad de su alma.

—Escúchame bien, niña —dijo Sonia, ajustándose un anillo de diamantes que brillaba con una luz hiriente—. En esta casa, el orden es una religión. No tolero las manos sucias, no tolero los retrasos y, sobre todo, no tolero que me mires a los ojos como si fueras mi igual. Eres la niñera, la que limpia lo que ensucian los demás. ¿Te quedó claro?

Sofía asintió lentamente. Su rostro, de una belleza serena y algo melancólica, no mostró ni una pizca de la humillación que Sonia intentaba infligirle.

—Entiendo perfectamente, señora —respondió Sofía. Su voz era suave, pero tenía una firmeza que hizo que Sonia frunciera el ceño por un instante—. Haré exactamente lo que vine a hacer. Ni más, ni menos.

Sonia soltó una risa seca, una de esas risas que solo tienen quienes creen que el dinero les ha comprado el derecho a ser crueles.

—Eso espero. Ahora, camina. Te mostraré dónde están las cosas, aunque dudo que hayas visto una cocina tan moderna en tu vida.

Sofía caminó detrás de ella, observando las paredes cubiertas de obras de arte que costaban más que la vida entera de diez familias promedio. Cada rincón de esa casa gritaba opulencia, pero para Sofía, cada rincón olía a una traición que se había estado cocinando a fuego lento durante dos décadas.

Fue entonces cuando sucedió. Al cruzar el vestíbulo principal, un hombre apareció en lo alto de la escalera de caracol. Vestía un traje impecable, con el cabello canoso peinado hacia atrás y una expresión de aburrimiento existencial que se desvaneció en el acto.

Alejandro Valladolid se detuvo en seco. El vaso de whisky que sostenía en la mano derecha tembló levemente. Sus ojos, acostumbrados a dar órdenes y a cerrar tratos millonarios, se clavaron en la joven que acababa de entrar a su hogar.

Sofía también se detuvo. El tiempo pareció congelarse. El aire en la habitación se volvió pesado, como si el oxígeno hubiera sido reemplazado por plomo. En la mente de Sofía, el sonido del lujo desapareció, siendo reemplazado por el recuerdo de una voz cansada, una voz que le contaba cuentos antes de dormir en una habitación pequeña donde la lluvia se filtraba por el techo.

—¿Alejandro? —llamó Sonia, notando la extraña reacción de su esposo—. ¿Qué te pasa? Parece que hubieras visto a un fantasma.

Alejandro no respondió de inmediato. Bajó los escalones uno a uno, con una lentitud que denotaba miedo. Cuando llegó al último peldaño, estaba a solo unos metros de Sofía. Sus ojos buscaban algo en el rostro de la joven, una señal, una confirmación de que sus peores pesadillas no se estaban haciendo realidad.

—¿Quién es ella? —preguntó Alejandro, con la voz quebrada, casi en un susurro.

—Es la nueva niñera, la que te comenté ayer —respondió Sonia, cruzándose de brazos, empezando a irritarse por la escena—. Se llama Sofía. ¿Por qué la miras así? ¿Acaso la conoces?

Sofía dio un paso al frente. No hubo miedo en su movimiento, solo una determinación gélida que hizo que Alejandro retrocediera imperceptiblemente.

—Mucho gusto, señor Valladolid —dijo Sofía, y la forma en que pronunció su apellido sonó como una sentencia—. Me parece que el señor está sorprendido de ver a alguien que le recuerda a alguien más. ¿No es así?

Alejandro tragó saliva. Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del vaso.

—No sé de qué hablas —balbuceó él, intentando recuperar su máscara de hombre poderoso—. Solo me sorprendió ver a una extraña en mi casa tan temprano.

—No soy una extraña —replicó Sofía, y esta vez su voz subió un tono, llenando el vestíbulo con una autoridad que dejó a Sonia muda—. He estado esperando este encuentro durante veinte años, Alejandro. Veinte años en los que tú has vivido en este palacio de cristal, mientras otros se hundían en el barro por tu culpa.

Sonia miró a su marido, luego a la joven. La confusión en su rostro empezaba a transformarse en una sospecha venenosa.

—¿De qué está hablando esta igualada, Alejandro? —exigió saber Sonia—. ¡Explícame ahora mismo!

Pero Alejandro no podía explicar nada. Estaba atrapado en la mirada de Sofía, una mirada que guardaba el dolor de una mujer que él creía haber borrado de la faz de la tierra.

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Categorías: Corazones Rotos

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