El anillo de plata que devolvió a la vida un amor enterrado por la traición

Publicado por relatoschico el

Continuamos con la historia donde la dejamos: el momento en que las máscaras comienzan a caer y el horror se vuelve realidad.

Llegamos a la cabaña de piedra que mi abuelo me había heredado. Está oculta tras una cortina de pinos, lejos de las cámaras de seguridad y de los ojos curiosos de la alta sociedad que yo solía frecuentar. Detuve el motor y por un momento nos quedamos en silencio, solo escuchando el crujir del metal caliente enfriándose.

Ayudé a Lucía a bajar. Caminaba con una cojera marcada, una herida del alma que se reflejaba en su cuerpo. Una vez adentro, la senté en el sofá más cómodo. Ella se hundió en los cojines como si estuviera tocando una nube. Me apresuré a la cocina, le serví un vaso de agua y busqué algo de comer, pero ella solo aceptó el agua, bebiéndola con una desesperación que me hizo comprender cuánta sed —literal y figurativa— había pasado.

—Ahora, cuéntamelo todo —le pedí, sentándome en el suelo frente a ella, tomando sus manos sucias entre las mías. No me importaba la mugre, solo quería sentir que era real—. No omitas nada.

Lucía respiró hondo. Sus ojos se perdieron en algún punto de la pared de madera, como si estuviera proyectando una película de terror que solo ella podía ver.

—Todo empezó aquella noche que no llegué a cenar —comenzó—. Yo iba caminando hacia el restaurante. Faltaban dos cuadras. Un auto negro se detuvo a mi lado. Pensé que me iban a asaltar, pero cuando bajaron el vidrio, vi a Ricardo. Me sentí aliviada, Ale. Incluso le sonreí. Le dije: «¿Qué haces aquí? Alejandro me está esperando».

Ella hizo una pausa y sus manos temblaron tanto que el agua del vaso se agitó.

—Él no me devolvió la sonrisa. Solo me dijo que tú habías tenido un accidente y que él me llevaría al hospital. Yo, estúpida y desesperada, me subí al auto. En cuanto cerré la puerta, sentí un pinchazo en el cuello. Lo último que vi antes de que todo se volviera negro fue la cara de Ricardo, mirándome con una calma que me dio más miedo que cualquier grito.

Me puse de pie de un salto, sintiendo una furia ciega hervir en mi pecho. Ricardo. Mi «hermano». El hombre que fue el padrino en mi graduación, el que me ayudó a levantar mi primera oficina.

—Me desperté en una habitación sin ventanas —continuó Lucía, su voz ahora era un susurro frío—. No era un sótano cualquiera. Estaba acondicionado. Había una cama, una mesa y una puerta de acero. Ricardo venía todos los días. Al principio, traía flores. Me decía que tú me habías olvidado a los dos días, que ya estabas con otra. Me decía que él era el único que me amaba de verdad, que me había salvado de una vida mediocre a tu lado.

—¡Maldito enfermo! —exclamé, golpeando la pared con el puño.

—Cuando se dio cuenta de que yo nunca iba a corresponderle, su «amor» se convirtió en odio. Dejó de traer flores y empezó a traer castigos. Me dejaba a oscuras por días. Me daba de comer solo lo necesario para que no muriera. Pero lo peor no fue el hambre, Ale. Lo peor fue escucharle decir cómo te manipulaba. Me contaba cómo te hacía creer que yo era una interesada que se había escapado con un amante. Se reía de tus lágrimas frente a mí.

Me dejé caer de nuevo al suelo, ocultando el rostro entre mis manos. Yo le había contado a Ricardo mis secretos más íntimos. Le conté cómo me dolía el pecho cada vez que pasaba por el parque donde Lucía y yo solíamos caminar. Y él, mientras me daba palmaditas en la espalda, se estaba burlando de mi miseria, sabiendo exactamente dónde estaba ella.

—¿Cómo escapaste? —pregunté, levantando la mirada.

—Él se confió —dijo ella con una chispa de triunfo en sus ojos cansados—. Con los años, se volvió descuidado. Hace dos días, llegó borracho. Estaba furioso porque tú habías decidido vender una parte de las acciones de la empresa y él sentía que estaba perdiendo el control sobre ti. Se olvidó de cerrar el tercer cerrojo de la puerta exterior de la casa de campo donde me tenía. Esperé a que se durmiera el guardia que él pagaba… un hombre que era casi tan monstruoso como él.

Lucía me contó cómo corrió por el bosque en medio de la noche, guiada solo por el instinto. Cómo se escondió en camiones de carga, cómo durmió bajo puentes, siempre moviéndose hacia la ciudad, hacia el único lugar donde sabía que podría encontrarte: nuestra antigua zona, el lugar donde siempre soñamos con vivir.

—Llegué hace tres horas —dijo ella—. Estaba escondida entre los arbustos de la entrada, esperando ver tu auto. Sabía que reconocerías el anillo. Sabía que, a pesar de todo lo que él te dijo, algo de mí quedaba en tu memoria.

Me acerqué a ella y, esta vez, la abracé con todas mis fuerzas. Ella rompió a llorar, un llanto desgarrador que parecía sacar años de angustia contenida. El olor de su cabello, el calor de su cuerpo, todo me confirmaba que el milagro había ocurrido. Pero la alegría era amarga, porque sabía que Ricardo no se quedaría de brazos cruzados.

En ese momento, mi teléfono celular empezó a vibrar en mi bolsillo. Lo saqué y sentí que la sangre se me congelaba. En la pantalla aparecía el nombre: RICARDO.

—No contestes —rogó Lucía, pegándose a mí, temblando como una hoja.

—Tengo que hacerlo —susurré—. Si no contesto, sabrá que algo pasa. Necesito ganar tiempo.

Acepté la llamada y puse el altavoz, haciendo una señal de silencio a Lucía.

—¡Alejandro! Amigo, ¿dónde te metiste? —la voz de Ricardo sonaba jovial, la misma voz de siempre, la que yo consideraba mi refugio—. Pasé por tu oficina y me dijeron que saliste disparado. Tenemos la cena con los inversionistas en una hora, no me digas que se te olvidó.

Miré a Lucía. Ella tenía los ojos muy abiertos, llenos de pánico.

—No me olvidé, Ricardo —dije, tratando de que mi voz no temblara—. Tuve un pequeño problema con la camioneta, se me calentó el motor y estoy esperando a la grúa. Me tomará un par de horas llegar.

Hubo un silencio del otro lado de la línea. Un silencio que se sintió eterno.

—¿Ah, sí? Qué mala suerte —dijo Ricardo, y su tono cambió. Ya no era jovial. Era frío, calculador—. Es curioso, porque acabo de recibir una llamada del guardia de mi casa de campo. Dice que se le escapó un «paquete» muy valioso. Y da la casualidad de que alguien vio a una mujer con aspecto de vagabunda subirse a una camioneta idéntica a la tuya hace un rato.

Mi corazón se detuvo. Lucía ahogó un grito cubriéndose la boca.

—Alejandro… no cometas una estupidez —continuó Ricardo, y ahora su voz era una amenaza pura—. Devuélveme lo que es mío. Si lo haces, podemos fingir que esto nunca pasó. Seguimos siendo socios, seguimos siendo amigos. Pero si intentas jugar al héroe, recuerda que yo sé dónde duermes, sé quién es tu familia y sé exactamente cómo hacer que la gente desaparezca sin dejar rastro. ¿Me escuchaste?

—Te escuché perfectamente —respondí, apretando el teléfono con tanta fuerza que crujió—. Pero hay algo que olvidaste, Ricardo.

—¿Ah, sí? ¿Qué cosa?

—Que yo nunca dejo un trabajo a medias.

Colgué el teléfono y le quité la batería al celular. Miré a Lucía, que estaba al borde de un ataque de nervios.

—Tenemos que irnos de aquí —dije—. Él sabe dónde están mis propiedades. Pero hay un lugar donde nunca pensaría en buscarnos.

—¿A dónde? —preguntó ella, aterrada.

—Al único lugar donde la verdad no puede ser enterrada —respondí, mientras buscaba las llaves de un viejo auto que tenía guardado en el garaje de la cabaña—. Vamos a ir a la policía, pero no a la local. Ricardo tiene a medio departamento en su nómina. Vamos a ir directamente a la capital, con alguien que le debe un favor a mi padre.

Pero justo cuando nos disponíamos a salir, el sonido de unos neumáticos frenando violentamente sobre la grava de la entrada nos paralizó. Luces de faros potentes iluminaron las ventanas de la cabaña.

Ricardo ya estaba aquí.

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Categorías: Corazones Rotos

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