El precio de la lealtad: La noche en que el hombre más poderoso descubrió que el enemigo dormía en su propia casa

Publicado por relatoschico el

Estás en la parte 2: la historia continúa y el enfrentamiento es inevitable…

El sonido de las botas tácticas golpeando el mármol del pasillo exterior era como el conteo de un reloj de arena que se agotaba.

Valerio no se movió. Permaneció inmóvil, con la brasa del cigarro brillando en la penumbra de la oficina, solo iluminada por el resplandor azulado de los monitores que aún mostraban la carnicería en los pasillos traseros.

La puerta blindada de su despacho, diseñada para resistir explosivos de alto poder, se abrió sin resistencia.

No hubo necesidad de pólvora. Santiago tenía la tarjeta maestra.

El joven entró primero, con el fusil en alto, moviéndose con la gracia letal que Valerio mismo le había enseñado.

Detrás de él, seis hombres de los «Cuervos» inundaron la habitación, apuntando con láseres rojos directamente al pecho del viejo líder.

Valerio ni siquiera parpadeó ante los puntos rojos que bailaban sobre su camisa de seda.

—Llegas tarde para el brindis, Santiago —dijo Valerio, soltando una bocanada de humo gris—. Pensé que te había enseñado que la puntualidad es la cortesía de los reyes.

Santiago se detuvo a tres metros del escritorio. Su rostro estaba tenso, las mandíbulas apretadas.

A diferencia de los mercenarios que lo acompañaban, él no parecía disfrutar el momento.

—Baja el arma, muchacho. Sabes que si quisiera matarte, ya estarías muerto antes de cruzar la puerta —añadió el patrón con una calma que erizaba la piel.

Uno de los hombres de los Cuervos, un tipo alto con una cicatriz que le cruzaba el ojo, dio un paso al frente con una sonrisa burlona.

—Se acabó el tiempo de las charlas, viejo. Santiago nos dio las llaves del reino. Ahora dinos dónde está la clave de la cuenta suiza y tal vez te dejemos una tumba con tu nombre.

Valerio ni siquiera lo miró. Sus ojos estaban fijos en Santiago.

—¿Por esto lo hiciste? ¿Por dinero? —preguntó Valerio, ignorando al mercenario—. Te he dado todo. Te puse en mi testamento. Todo lo que ves aquí iba a ser tuyo de todos modos. Solo tenías que esperar.

Santiago bajó ligeramente el cañón de su arma, pero no la soltó. Su voz salió quebrada, pero llena de un veneno acumulado por años.

—¿Esperar? ¿Esperar a qué, Don Valerio? ¿A que me convirtiera exactamente en el monstruo que eres tú? ¿A que olvidara quién era mi verdadero padre?

Valerio arqueó una ceja. El silencio en la sala se volvió tan denso que se podía escuchar el goteo de una tubería dañada en el pasillo.

—Tu padre era un hombre pequeño con sueños demasiado grandes, Santi. Murió en un tiroteo porque no sabía cuándo retirarse. Yo te salvé de terminar en una fosa común con él.

—¡Mientes! —gritó Santiago, y por primera vez la máscara de frialdad se rompió—. Los Cuervos me mostraron los archivos. Me mostraron las órdenes de ejecución firmadas por ti. Tú no me salvaste, tú me robaste. Me criaste como a un perro fiel después de haber matado a mi sangre.

Valerio dejó el cigarro en el cenicero de cristal. Suspiró, una expresión de cansancio infinito recorriendo sus arrugas.

—Los Cuervos te dieron lo que necesitabas para justificar tu traición —dijo Valerio suavemente—. Pero dime, Santiago… si ellos son tan honestos, ¿por qué trajeron a doce hombres más de los que acordaron contigo? ¿Por qué tienen órdenes de eliminarte a ti también en cuanto yo abra la caja fuerte?

Los mercenarios se tensaron. El hombre de la cicatriz soltó una carcajada nerviosa.

—No lo escuches, muchacho. El viejo está tratando de sembrar cizaña. Es lo que mejor hace.

Santiago miró de reojo a los hombres que lo acompañaban. Por un instante, la duda cruzó sus ojos.

Era la duda que Valerio necesitaba.

—Santi, mira el monitor número seis —dijo el patrón señalando hacia atrás sin girarse—. No está apagado. Está mostrando la cámara térmica del conducto de ventilación sobre nosotros.

Santiago, casi por instinto, levantó la vista hacia la pantalla.

Vio tres siluetas de calor posicionadas justo encima de ellos, con rifles de precisión apuntando hacia abajo a través de las rejillas decorativas.

—Ellos no vienen por el dinero, Santi —continuó Valerio con voz gélida—. Vienen a borrar todo rastro. Incluyéndote a ti. Eres el cabo suelto. El traidor que conoce los secretos de ambos bandos. Nadie confía en un hombre que entrega a su padre adoptivo.

El hombre de la cicatriz levantó su arma hacia Valerio, perdiendo la paciencia.

—¡Cierra la boca! Santiago, hazlo ahora o lo hago yo.

En ese momento, el aire en la oficina se cargó de una tensión eléctrica. Santiago estaba en medio de dos fuegos.

A un lado, el hombre que amaba pero que supuestamente lo había traicionado desde la cuna.

Al otro, los aliados que le prometieron justicia pero que olían a emboscada.

—Don Valerio —dijo Santiago, con el dedo temblando sobre el gatillo—, si lo que dices es verdad, muéstrame la prueba. Ahora mismo. O este lugar se convierte en un cementerio.

Valerio sonrió. No era una sonrisa de triunfo, sino de una profunda tristeza paternal.

—La prueba no está en un papel, hijo. Está en el único lugar que nunca te atreviste a mirar porque tenías miedo de lo que encontrarías.

El patrón extendió la mano hacia el control remoto de su escritorio. Los mercenarios se prepararon para disparar, pensando que activaría una alarma.

Pero lo que apareció en la pantalla gigante de la pared no fueron números ni archivos.

Era un video antiguo, granulado, de hace veinte años.

En la imagen, se veía a un Valerio mucho más joven, sentado en un parque. A su lado, un hombre de aspecto descuidado y ojos febriles le suplicaba algo.

Santiago reconoció el rostro de inmediato. Era su padre.

—Escucha bien, Santi —dijo Valerio—. Escucha lo que tu «héroe» estaba dispuesto a hacer.

En el video, la voz del padre de Santiago se escuchaba claramente: «Valerio, dame el dinero y quédate con el niño. No me importa qué hagas con él. Solo sácame de esta deuda con los Cuervos».

El mundo de Santiago se detuvo. Las paredes de su realidad empezaron a desmoronarse piedra por piedra.

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