El regreso de entre las sombras: Marian no estaba muerta, pero traía un secreto que pondría nuestras vidas en peligro

Publicado por relatoschico el

Estás en la parte 2: la historia continúa donde la tensión se vuelve insoportable…

Juan sintió que la sangre se le congelaba, pero solo por un segundo. El dolor de haber vivido seis meses de infierno se transformó de golpe en una adrenalina eléctrica que le recorrió cada nervio. Ya no era el hombre deprimido que se abandonaba al alcohol; ahora era un hombre que acababa de recuperar su vida y estaba dispuesto a quemar el mundo antes de volver a perderla.

—Escúchame bien, Marian —le dijo Juan, tomándola por los hombros y obligándola a mirarlo—. Vas a subir al segundo piso. Métete en el armario del fondo de nuestra habitación y no salgas de ahí, pase lo que pase. No hagas ni un solo ruido.

—¡No te dejes solo! —chilló ella en un susurro desesperado—. Ricardo no viene solo, Juan. Tiene gente con él. Son criminales de verdad.

—Esta es mi casa —respondió Juan con una frialdad que él mismo desconocía—. Y tú eres mi esposa. Nadie te va a volver a tocar. ¡Sube ahora!

Marian, con lágrimas rodando sobre las costras de tierra de sus mejillas, obedeció. Juan la vio subir las escaleras con dificultad, sosteniéndose el vientre, mientras el sonido de pasos pesados se escuchaba sobre la grava del jardín. Los golpes en la puerta principal no se hicieron esperar. Eran golpes secos, autoritarios, que hacían vibrar el marco de madera.

Juan caminó hacia la entrada. Antes de abrir, agarró un pesado atizador de hierro de la chimenea que descansaba a un lado. Lo ocultó detrás de su espalda. Respiró profundo, trató de controlar el temblor de sus manos y abrió la puerta apenas unos centímetros.

Allí estaba Ricardo. Lucía impecable, como siempre. Un traje de seda gris, el cabello perfectamente peinado y esa sonrisa de suficiencia que Juan siempre había confundido con carisma. Detrás de él, dos hombres corpulentos con chaquetas de cuero y miradas vacías vigilaban la calle.

—Juan, amigo mío —dijo Ricardo, con una voz que pretendía ser reconfortante pero que ahora sonaba a veneno puro—. Lamento venir a estas horas, pero me avisaron que hubo actividad extraña en tu casa. Los vecinos dicen que viste a alguien. ¿Estás bien? Pareces haber visto un fantasma.

—Estoy perfectamente, Ricardo —respondió Juan, bloqueando el paso con su cuerpo—. No sé de qué hablas. He estado durmiendo. Los vecinos son unos chismosos.

Ricardo arqueó una ceja y dio un paso hacia adelante, intentando forzar la puerta. Juan no retrocedió ni un milímetro. La tensión en el aire era tan espesa que casi se podía tocar.

—Vamos, Juan. No nos engañemos —dijo Ricardo, dejando caer la máscara de amabilidad. Sus ojos se volvieron fríos como el mármol—. Sabemos que Marian está aquí. Se escapó de donde estaba. Fue una tontería de su parte, y es una tontería de la tuya intentar protegerla. Ella está muerta legalmente, ¿recuerdas? Tú mismo lo aceptaste. Si ella aparece ahora, tú vas a ir a la cárcel por fraude al seguro y complicidad.

—Prefiero podrime en la cárcel el resto de mi vida antes que dejar que un miserable como tú le ponga una mano encima otra vez —escupió Juan—. Ella me contó todo, Ricardo. Sé lo del sótano. Sé lo del robo corporativo. Y sé que tú eres el que va a terminar tras las rejas.

Ricardo soltó una carcajada seca que heló la sangre de Juan.

—¿Pruebas? ¿Qué pruebas tiene ella? Es una mujer que fingió su muerte, está desequilibrada mentalmente por el trauma. Nadie le creerá. En cambio, yo tengo el poder, el dinero y los contactos. Ahora, sé un buen amigo, apártate y déjanos entrar. Solo queremos lo que ella se llevó. Unas claves de acceso y unos documentos. Después de eso, te prometo que los dejaré en paz.

—Mientes —dijo Juan—. No vas a dejarnos en paz. Viniste a terminar el trabajo.

Uno de los hombres detrás de Ricardo sacó un arma de fuego, ocultándola a medias bajo su chaqueta. El brillo del metal bajo la luz del porche fue la señal de que las palabras habían terminado.

—Entraremos por las buenas o por las malas, Juan —sentenció Ricardo—. No obligues a estos señores a lastimarte. No vale la pena morir por alguien que ya estaba en una tumba.

En ese instante, un ruido sordo provino del piso de arriba. Fue un golpe seco, como si algo pesado se hubiera caído. El corazón de Juan dio un vuelco. Marian. ¿Se habría caído? ¿Estaría el bebé en peligro?

Ricardo sonrió con malicia.

—Parece que la futura madre tiene problemas de equilibrio. Miren, muchachos, Juan está distraído.

Los dos hombres empujaron la puerta con violencia. Juan, usando toda su fuerza, intentó mantener el cierre, pero la superioridad física era evidente. El atizador de hierro salió volando de su mano cuando uno de los matones le propinó un golpe certero en el rostro. Juan cayó al suelo, el sabor metálico de la sangre inundando su boca.

—¡Búsquenla! —ordenó Ricardo, entrando en la sala con la calma de un rey en su palacio—. Y asegúrense de que no grite. No queremos que los vecinos llamen a la policía antes de que obtengamos lo que queremos.

Juan intentó levantarse, pero una bota pesada se hundió en su estómago, sacándole el aire. Mientras luchaba por respirar, veía cómo los hombres de Ricardo empezaban a subir las escaleras, peldaño a peldaño, acercándose al escondite de Marian.

—¡Déjala en paz! —gritó Juan con un esfuerzo sobrehumano, agarrando el tobillo del hombre que lo pisaba.

El matón se giró, con el arma apuntando directamente a la cabeza de Juan. Ricardo se acercó, mirando a su antiguo amigo con una mezcla de lástima y desprecio.

—Lo siento, Juan. De verdad lo siento. Pero en este negocio, no hay espacio para los regresos milagrosos. Marian debió quedarse bajo tierra. Ahora, ella y ese niño van a tener que reunirse contigo en el otro lado.

El sonido de un cerrojo rompiéndose en el piso superior resonó por toda la casa. Marian soltó un grito que desgarró el alma de Juan. La adrenalina de la desesperación lo invadió. En un movimiento desesperado, Juan logró derribar al hombre que lo apuntaba, pero el otro matón ya estaba en la puerta de la habitación.

Juan corrió hacia las escaleras, ignorando el dolor y los golpes. Tenía que llegar a ella. Tenía que ser su escudo. Pero justo cuando llegaba al primer descanso, Ricardo sacó una pistola pequeña de su bolsillo interior y apuntó hacia la parte superior de la escalera, donde Marian acababa de aparecer, forcejeando con el primer matón.

—¡Marian, cuidado! —rugió Juan, lanzándose hacia adelante para interponerse entre el arma de Ricardo y su esposa embarazada.

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