El regreso de un alma perdida: La verdad tras el acta de defunción que Juan firmó con lágrimas

Publicado por relatoschico el

Seguimos exactamente donde quedó la escena, con la tensión a flor de piel…

El silencio que siguió al rugido del motor de la SUV era denso, casi sólido. Podía escuchar mi propia sangre zumbando en mis oídos. Marian se aferraba a mi brazo con tal fuerza que sus uñas se clavaban en mi piel, pero yo no sentía dolor. Solo sentía una protección feroz que despertaba en lo más profundo de mi ser.

La puerta del conductor de la SUV se abrió con un clic metálico que sonó como un disparo en la quietud de la calle. De ella bajó un hombre alto, vestido con un traje impecable que contrastaba con la suciedad y el aspecto desaliñado de Marian. Era Ricardo.

Su rostro no mostraba sorpresa. No había rastro del amigo que lloró conmigo en el entierro. Solo había una frialdad gélida y una sonrisa torcida que me revolvió el estómago.

—Juan, qué escena tan conmovedora —dijo Ricardo, ajustándose los gemelos de oro mientras caminaba unos pasos hacia nosotros—. Realmente parece sacado de una de esas novelas que tanto le gustan a la gente. El regreso de la esposa muerta.

—¡Maldito seas! —rugí, intentando dar un paso adelante, pero Marian me detuvo, aterrada—. ¡Me dijiste que estaba muerta! ¡Me hiciste firmar papeles mientras yo no podía ni pensar del dolor!

Ricardo soltó una carcajada seca, carente de cualquier emoción humana.

—Te hice un favor, Juan. Estabas estancado. Tu empresa necesitaba un líder con visión, no a un hombre distraído por el amor y la familia. Pero Marian… ah, Marian siempre fue más inteligente que tú. Supo que la única forma de salvarte la vida era aceptando mi trato y desapareciendo. Lástima que su instinto materno haya sido más fuerte que su sentido de supervivencia.

Miré a Marian. Ella estaba pálida, con la mirada fija en el suelo.

—¿Qué trato, Marian? —pregunté, mi voz temblando por la traición.

—Él… él me dio una opción esa noche del accidente —confesó ella entre sollozos—. El coche no se salió de la carretera por error, Juan. Sus hombres lo provocaron. Cuando desperté en esa clínica clandestina, Ricardo estaba allí. Me dijo que si no fingía mi muerte y le entregaba mis acciones de la compañía, te mataría a ti también. Dijo que haría que pareciera un suicidio por depresión.

Mi mente voló a los meses de oscuridad que pasé. Ricardo siempre estaba ahí, dándome palmaditas en la espalda, recordándome lo frágil que era la vida, sugiriéndome que le diera poderes notariales para «aligerar mi carga» mientras yo guardaba luto. Me había estado devorando vivo mientras yo le agradecía su compañía.

—Ya no importa el pasado —interrumpió Ricardo, dando un paso más. Dos hombres corpulentos bajaron de la parte trasera de la SUV. Sus rostros eran inexpresivos, pero sus manos estaban estratégicamente cerca de sus cinturas—. Juan, has sido un buen peón. Pero ahora que ella ha vuelto, las cosas se complican. Un acta de defunción anulada significa problemas legales que no estoy dispuesto a enfrentar. Y ese niño… ese niño es un heredero que no estaba en mis planes.

—No vas a tocarlos —dije, situándome firmemente delante de Marian, ocultándola con mi cuerpo—. Tendrás que matarme primero, Ricardo. Y esta vez no habrá actas de defunción falsas. Todo el mundo sabrá quién eres.

—¿Quién va a saberlo? —preguntó él con desdén, mirando a su alrededor—. Estamos en una calle tranquila. Los vecinos están cenando. Para cuando alguien se dé cuenta de que algo pasa, ustedes ya estarán lejos, en un viaje del que nadie regresa.

En ese momento, sentí un movimiento contra mi espalda. El bebé. Había pateado con fuerza, como si él también sintiera la amenaza que nos rodeaba. Ese pequeño golpe fue el catalizador que necesitaba. Ya no era el hombre deprimido y roto de hace unos minutos. Era un padre. Era un esposo. Y tenía seis meses de rabia acumulada pidiendo salida.

—Marian, escucha —le susurré sin apartar la vista de Ricardo—, cuando yo te diga, vas a correr hacia la casa del vecino, los Martínez. Ellos tienen cámaras y un sistema de seguridad conectado directamente con la policía. No te detengas por nada.

—No te voy a dejar —dijo ella, con la voz quebrada por el miedo.

—Tienes que hacerlo por él —puse mi mano sobre la suya en su vientre por un segundo—. Confía en mí.

Ricardo hizo una señal a sus hombres. Los dos guardaespaldas empezaron a separarse, tratando de rodearnos. El ambiente se cargó de una electricidad estática. Podía oler el caucho quemado de la SUV y el perfume caro de Ricardo, un olor que ahora asociaba con la muerte.

—Juan, no seas estúpido —dijo Ricardo, sacando un arma pequeña pero reluciente de su chaqueta—. Entrega a la mujer. Ella ya está muerta para el mundo. Podemos hacer que siga siendo así. Tú puedes quedarte con una pequeña pensión, vivir tranquilo en alguna playa… lejos de aquí.

—Prefiero morir peleando que vivir bajo tu sombra un segundo más —respondí.

La tensión alcanzó su punto de ruptura. Uno de los hombres se lanzó hacia mí, pero yo estaba listo. En un movimiento rápido, agarré una de las herramientas que había dejado en el porche esa mañana para arreglar una jardinera: una pala de metal pesada.

El golpe sonó seco contra el hombro del atacante, quien soltó un quejido de dolor.

—¡Corre, Marian! ¡AHORA! —grité.

Marian no dudó. Con una agilidad sorprendente para su estado, se lanzó hacia el jardín lateral. Ricardo, perdiendo su compostura de caballero, gritó órdenes frenéticas.

—¡Atrápenla! ¡No dejen que llegue a la otra casa!

El segundo hombre intentó interceptarla, pero yo me interpuse en su camino, usando la pala como un escudo y un arma a la vez. Mi corazón latía a mil por hora, pero mi mente estaba inusualmente clara. Cada movimiento de Ricardo, cada gesto de sus matones, parecía suceder en cámara lenta.

Ricardo levantó el arma, apuntándome directamente al pecho. Sus ojos, antes fríos, ahora ardían con una furia asesina.

—Se acabó el juego, Juan. Fuiste un buen amigo, pero eres un pésimo socio.

El dedo de Ricardo empezó a presionar el gatillo. En ese instante, una luz cegadora iluminó toda la calle, acompañada por el sonido ensordecedor de una sirena que no venía de la policía, sino de la alarma perimetral que yo mismo había instalado y que acababa de activar con el control remoto en mi bolsillo.

Ricardo se distrajo por un segundo, cubriéndose los ojos, y ese segundo fue todo lo que necesité.

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