El sabor amargo de la traición: El secreto que el veneno no pudo ocultar en la mansión de los Robles

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Ricardo se aclaró la garganta, y por un segundo, Elena creyó ver una grieta en su armadura de perfección. Sus dedos empezaron a tamborilear nerviosamente sobre el mantel, un tic que solo aparecía cuando estaba acorralado en sus negocios turbios.

—Oh, no, querida —respondió él, con una voz que pretendía ser suave pero que sonaba tensa como una cuerda de violín—. Esa sopa fue preparada especialmente para ti. Sabes que a mí el cilantro me da acidez a esta hora del día. Además, necesito que recuperes fuerzas si vamos a ir hoy mismo a la notaría.

Elena sintió que el frío en sus venas se convertía en fuego. La audacia de este hombre era infinita. No solo quería su fortuna, quería verla morir frente a él mientras planeaba cómo gastarse el dinero.

—Insisto, Ricardo —dijo ella, empujando el plato un par de centímetros más hacia él—. Un par de cucharadas no te harán daño. Insistes tanto en que me cuide, que me parece un gesto de amor que compartas conmigo este alimento que con tanto «esmero» se preparó hoy.

La tensión en la mesa se podía cortar con un cuchillo. Ricardo miraba el plato de sopa como si fuera una cobra real lista para atacar. Elena, por su parte, no apartaba la vista de los ojos de su marido. Estaba buscando un rastro de arrepentimiento, una pizca de la humanidad del hombre que alguna vez creyó conocer. Pero no encontró nada, solo un vacío oscuro y calculador.

—Elena, no seas infantil —dijo él, tratando de sonar autoritario—. Tómate tu sopa y deja de jugar. Tenemos mucho que hacer.

—¿Infantil? —Elena soltó una carcajada seca que no llegó a sus ojos—. Infantil es pensar que después de cuarenta años no conozco cada uno de tus gestos, Ricardo. Infantil es creer que soy ciega a tus deudas de juego en el club, o a las llamadas que recibes a medianoche de esa «sobrina» que nadie en la familia conoce.

Ricardo se puso rígido. La máscara finalmente se estaba cayendo.

—¿De qué demonios estás hablando? —preguntó él, su voz bajando una octava, volviéndose peligrosa.

—Hablo de que Rosa te vio, Ricardo. Te vio echar el veneno de ratas en mi sopa.

El hombre se quedó mudo. Por un instante, el pánico cruzó su rostro, pero rápidamente fue reemplazado por una expresión de desprecio. Se echó hacia atrás en su silla, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Esa estúpida sirvienta siempre ha tenido demasiada imaginación —espetó con veneno en la lengua—. ¿Le vas a creer a una mujer que limpia tus pisos antes que a tu esposo? Elena, por favor. Estás paranoica. La edad te está afectando el juicio.

—Si ella miente, y yo estoy paranoica… entonces pruébala —desafió Elena, extendiendo la cuchara hacia él—. Una sola cucharada, Ricardo. Demuéstrame que estoy loca. Demuéstrame que Rosa es una mentirosa. Si te la tomas y no pasa nada, te juro que hoy mismo te firmo el poder absoluto sobre todas mis cuentas y propiedades. Me iré a un asilo y no volverás a saber de mí.

El silencio volvió a reinar. Ricardo miró la cuchara. Miró el líquido espeso y amarillento donde flotaban los trozos de zanahoria y apio. Sabía lo que había puesto allí. Un raticida de acción rápida que había comprado en un mercado alejado de la ciudad para no dejar rastro. Había planeado que Elena se sintiera mal, llamaran a la ambulancia, y ella falleciera en el camino debido a un «paro cardíaco» provocado por su salud debilitada.

—No voy a entrar en tus juegos psicológicos —dijo él, levantándose de la silla bruscamente—. Si no quieres comer, no comas. Pero no me insultes de esta manera.

Ricardo intentó salir del comedor, pero Elena fue más rápida de lo que él esperaba. Se levantó con una agilidad que sus años no sugerían y se interpuso en su camino, sosteniendo el plato de sopa con ambas manos.

—¡Si sales por esa puerta sin probarla, confirmas que eres un asesino! —gritó ella, y su voz resonó en toda la mansión, llegando seguramente hasta los oídos de los jardineros—. ¡Mírame a los ojos, Ricardo! ¿Tanto me odias? ¿Tan poco valen cuarenta años de vida compartida que necesitas deshacerte de mí como si fuera una plaga?

Ricardo la miró con una rabia contenida que transformó sus facciones. Ya no había rastro del hombre elegante.

—¿Quieres la verdad? —rugió él, acercándose tanto que ella pudo oler el aroma de su loción costosa mezclado con el hedor del miedo—. Sí, Elena. Estoy harto. Estoy harto de pedirte permiso para gastar el dinero que yo mismo ayudé a administrar. Estoy harto de tu superioridad moral, de tus perlas, de tus conciertos y de tu maldito apellido. Has vivido demasiado, y yo necesito disfrutar de lo que queda antes de que yo también me haga viejo.

Elena sintió que el corazón se le partía, no por el amor que aún pudiera sentir, sino por la decepción de haber entregado su vida a un cascarón vacío.

—Así que es cierto… —susurró ella, con las lágrimas finalmente asomando a sus ojos—. Realmente intentaste matarme.

—Iba a ser indoloro, Elena. Mucho más de lo que te mereces por ser tan terca —dijo él, recuperando una calma espeluznante—. Pero ya que lo sabes, no importa. ¿Crees que alguien le creerá a Rosa? ¿Crees que la policía encontrará algo? Limpiaré esto, me desharé de esa empleada y tú… bueno, tú tendrás un accidente en las escaleras. Es tu palabra contra la mía, y todos saben que yo soy el pilar de esta casa.

Ricardo extendió la mano para arrebatarle el plato, probablemente para tirarlo y destruir la evidencia, pero en ese momento, la puerta del despacho se abrió.

No era Rosa. Era un hombre joven, vestido de traje oscuro, con una grabadora en la mano y un rostro que reflejaba una mezcla de asco y profesionalismo. Junto a él, aparecieron dos oficiales de policía que habían estado esperando en la biblioteca, ocultos tras las dobles puertas.

—Don Ricardo Robles, queda usted detenido por intento de homicidio —dijo el oficial al mando, avanzando con las esposas en la mano.

Ricardo retrocedió, tropezando con su propia silla. Miró a Elena, luego al abogado, y luego a los policías. Su mundo de privilegios se estaba derrumbando en cuestión de segundos.

—¿Qué es esto? —balbuceó Ricardo—. Elena, ¿qué hiciste?

—No fui yo quien lo hizo, Ricardo. Fuiste tú —respondió ella, entregándole el plato de sopa al oficial con manos temblorosas pero decididas—. El abogado es el albacea de mi padre. Estaba aquí para una reunión que tú mismo agendaste, ¿recuerdas? Solo que llegó una hora antes y escuchó todo a través de la grabadora que Rosa, por consejo mío, activó en el intercomunicador de la cocina.

Rosa apareció detrás de los oficiales, llorando, pero con la frente en alto. Ella no había ido a descansar; había ido a buscar a las autoridades que Elena ya había contactado discretamente desde la noche anterior, cuando empezó a sospechar que su «querido» esposo estaba tramando algo oscuro.

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