El secreto enterrado bajo la hacienda: Cuando la traición toca a la puerta

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Continuamos con la historia donde la dejamos… el búnker no era solo un refugio, era una prisión compartida.

La atmósfera dentro de la pequeña habitación donde Mateo, el ingeniero, pasaba sus días, era asfixiante a pesar del aire acondicionado de última generación.

El Perro no podía dejar de mirar al hombre.

Era un genio, un visionario de la arquitectura subterránea, reducido a una herramienta humana, un seguro de vida de carne y hueso.

—¿Cuánto tiempo lleva aquí encerrado? —susurró El Perro, sintiendo por primera vez una punzada de lástima que no era común en su oficio.

—Mil doscientos cuarenta y dos días —respondió Mateo con una voz rasposa, casi olvidada por la falta de uso—. Pero no me falta nada. Don Valerio es… generoso. Tengo libros, música, comida de los mejores restaurantes que traen sus hombres. Solo me falta el sol. Y a mi hija.

Valerio se acercó a la mesa de dibujo de Mateo y pasó la mano por un plano complejo que mostraba las capas de aislamiento del búnker.

—No te pongas sentimental, Perro —intervino el capo—. Mateo sabe que este fue el trato. Su familia recibe un cheque mensual de cincuenta mil dólares. Ellos creen que él está trabajando en un proyecto secreto de infraestructura en los Emiratos Árabes. Si él se porta bien, ellos viven como reyes.

—¿Y si decide dejar de cooperar? —preguntó el guardaespaldas.

Valerio no respondió con palabras.

Simplemente miró a Mateo, y el ingeniero bajó la cabeza, volviendo a trazar líneas nerviosas en un papel.

La respuesta estaba clara: la seguridad de su familia dependía de su silencio y de su permanencia en esa tumba de lujo.

De repente, un estruendo sordo sacudió las paredes de concreto.

El polvo cayó del techo y las luces parpadearon por un segundo antes de que los generadores de emergencia entraran en acción.

En las pantallas de la sala principal, se veía el horror.

Las fuerzas especiales habían volado la puerta principal de la hacienda.

Decenas de hombres con cascos, visores nocturnos y rifles de asalto se filtraban por las habitaciones superiores como una plaga de langostas negras.

Se veía a los pocos sirvientes que quedaban con las manos en la cabeza, siendo sometidos brutalmente.

—¡Están en mi oficina! —gritó uno de los sicarios de Valerio, señalando la pantalla que mostraba la biblioteca.

Los agentes estaban derribando los estantes, golpeando las paredes, buscando el mecanismo.

Traían perros entrenados y dispositivos que parecían radares de penetración terrestre.

—Mateo —dijo Valerio, con una voz que recuperó su tono de mando—. Ven aquí. Mira las pantallas.

El ingeniero se levantó y caminó hacia el centro de mando.

Sus manos temblaban tanto que tuvo que entrelazarlas detrás de su espalda.

Observó a los agentes pasar sus radares por el suelo de la biblioteca, justo encima de donde ellos se encontraban.

—Están usando un GPR de alta frecuencia —explicó Mateo, analizando el equipo de los federales—. Pero no servirá de nada. Instalamos las placas de ferrita y las capas de plomo-antimonio que diseñé. Para sus aparatos, aquí abajo solo hay roca sólida y una veta de hierro natural. Somos invisibles.

Valerio sonrió, satisfecho.

Se sentó en su trono de cuero y observó la frustración de los comandantes de la policía en la superficie.

Se les veía hablar por radio, gesticular con rabia.

Estaban seguros de que el objetivo estaba ahí, pero la realidad física les decía lo contrario.

Sin embargo, el peligro no había pasado.

En la pantalla tres, se vio a un hombre vestido de civil, con un traje gris y una expresión de astucia que hizo que Valerio frunciera el ceño.

—Ese es el fiscal Mendoza —murmuró Valerio—. Ese perro no se rinde fácil. Ha pasado diez años tratando de cazarme.

Mendoza caminaba por la oficina, tocando cada objeto con una paciencia desesperante.

Se detuvo frente al cenicero donde el habano de Valerio todavía desprendía un hilo de humo.

Lo tomó entre sus dedos, sintiendo el calor.

—Sabe que estoy aquí —dijo Valerio, apretando el vaso de whisky—. Sabe que el nido todavía está caliente.

En la pantalla, se vio a Mendoza llamar a un especialista.

Trajeron una cámara térmica de grado militar, de las que se usan para detectar túneles en la frontera.

La tensión en el búnker subió a niveles insoportables.

Los sicarios de Valerio tenían las manos en sus armas, listos para un combate que sabían que no podrían ganar si eran descubiertos.

Mateo se acercó más a la pantalla, sus ojos fijos en el dispositivo térmico.

—Si encuentran el conducto de ventilación secundario, estamos perdidos —susurró el ingeniero, casi para sí mismo.

—¿Qué conducto? —rugió Valerio, levantándose de golpe y agarrando a Mateo por la solapa de su bata—. ¡Dijiste que este lugar era perfecto!

—¡Es perfecto! —gritó Mateo, recuperando una chispa de orgullo profesional—. Pero todo sistema necesita respirar. El conducto está oculto dentro de la chimenea de la estancia principal, camuflado con el calor de las brasas. Pero si el fiscal es tan inteligente como dicen y nota que la chimenea está apagada pero sigue emitiendo calor constante…

Valerio miró la pantalla de la estancia.

La chimenea estaba apagada, pero el sensor térmico del fiscal se movía hacia ella.

—¡Perro, prepárate! —ordenó Valerio—. Si abren esa rejilla, el gas halón se activará automáticamente, pero ellos sabrán que estamos abajo. Tendremos que salir peleando.

El Perro cargó su fusil, y los demás hombres hicieron lo mismo.

El sonido metálico de las armas alistándose llenó el búnker, un eco de muerte inminente.

El fiscal Mendoza estaba a centímetros de la chimenea.

Se inclinó, metiendo la linterna en el hueco oscuro.

En el búnker, todos contenían la respiración.

Incluso Mateo parecía haber olvidado su cautiverio, atrapado en el suspenso de su propia creación siendo puesta a prueba.

Mendoza pasó la mano por el fondo de la chimenea.

Sus dedos rozaron la piedra que ocultaba el sensor de presión.

En ese momento, un oficial entró corriendo a la oficina y le gritó algo al fiscal.

Mendoza se detuvo, escuchando con atención.

Hizo un gesto de fastidio y se alejó de la chimenea, saliendo de la habitación junto con el resto del equipo.

—¿Qué pasó? —preguntó El Perro, sin bajar el arma.

Valerio subió el volumen de la interceptación de radio.

—»Atención a todas las unidades, tenemos un avistamiento del objetivo en la carretera hacia la costa. Dos camionetas blindadas negras rompiendo el cerco a cinco kilómetros de aquí. ¡Aborten la búsqueda en la hacienda, repito, aborten!»

Valerio soltó un suspiro largo y pesado, dejándose caer de nuevo en su silla.

Había funcionado. El señuelo, las camionetas que había mandado a salir justo antes del ataque con choferes dispuestos a morir, había distraído a la jauría.

—Eres un genio, Mateo —dijo Valerio, mirando al ingeniero con una mezcla de respeto y posesividad—. Nos has salvado la vida.

Mateo no sonrió. Se limitó a mirar la pantalla donde la hacienda se quedaba vacía, sumida en las sombras de la noche.

—Lo hice para salvarme yo —respondió el ingeniero con amargura—. Si ellos entran, yo soy solo un cabo suelto para usted, ¿verdad, patrón?

Valerio no respondió. La pregunta quedó flotando en el aire, cargada de una verdad que ambos conocían demasiado bien.

Pero justo cuando el alivio empezaba a instalarse en el grupo, una alarma roja empezó a parpadear en la consola central.

Un pitido agudo y persistente que no formaba parte de los simulacros.

—¿Qué es eso? —preguntó El Perro, alarmado.

Mateo corrió hacia la computadora, sus dedos volando sobre el teclado.

Su rostro, que ya era pálido, se volvió del color de la ceniza.

—Alguien… alguien activó el protocolo de purga desde afuera —dijo Mateo, con la voz temblorosa.

—¿Qué significa eso? —gritó Valerio.

—Significa que la traición no era solo para entregarte a la policía, Valerio —dijo Mateo, mirando al capo a los ojos con una mezcla de terror y una extraña justicia—. Alguien quiere que este búnker sea tu tumba definitiva. Las salidas se han bloqueado con soldadura eléctrica y el sistema de oxígeno se va a detener en diez minutos.

Valerio sintió que el mundo se detenía.

Había ganado la batalla contra la ley, pero acababa de perder la guerra contra la traición.

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Categorías: Corazones Rotos

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