El último café del Patrón: El secreto que la policía nunca pudo descubrir

Continuamos con la historia justo cuando el reloj marcaba el inicio del fin…
El sonido de la estantería cerrándose fue como el cierre de una tumba de lujo.
Adentro, el aire era denso y metálico. La iluminación LED de emergencia se encendió, bañando las paredes de cemento con una luz blanca y fría.
Aurelio caminaba al frente, su bastón de empuñadura de plata golpeando rítmicamente el suelo. No parecía un fugitivo; parecía un rey recorriendo sus dominios.
—Patrón, ¿a dónde sale este túnel? —susurró uno de los guardias, incapaz de contener los nervios.
—A un lugar donde la ley no tiene ojos, hijo —respondió Aurelio sin detenerse—. Camina y cállate. El miedo hace ruido, y hoy necesitamos silencio.
Mientras descendían, sobre sus cabezas empezó a sentirse un retumbar ensordecedor.
Eran los helicópteros. El asalto a la mansión había comenzado.
Aurelio podía imaginar perfectamente la escena: las puertas siendo derribadas por arietes, los vidrios estallando, los gritos de «¡Policía, al suelo!» resonando en los pasillos vacíos.
Se permitió una pequeña sonrisa. Iban a encontrar una casa fantasma, un cascarón vacío lleno de muebles caros pero sin alma.
Sin embargo, algo no cuadraba en la mente del viejo líder.
Él siempre había sido un hombre de orden, de lealtades inquebrantables. ¿Cómo es que la policía había dado con su ubicación exacta en tan poco tiempo?
Había pasado meses escondido en esa propiedad, moviéndose como una sombra, pagando fortunas para que su nombre fuera borrado de cualquier radar.
La traición tiene un olor amargo, y Aurelio lo estaba sintiendo en ese momento, más fuerte que el olor a humedad del túnel.
Se detuvo en seco en medio de un pasadizo estrecho. Los hombres detrás de él casi chocan unos con otros.
—Ramón —dijo Aurelio, girándose lentamente.
Ramón, que venía cerrando la marcha con la maleta, palideció bajo la luz fluorescente.
—¿Sí, jefe?
—Tú fuiste quien recibió la llamada, ¿verdad? El oficial de adentro, dijiste.
—Sí, Patrón. El contacto que tenemos en la central. Usted sabe que él siempre nos avisa.
Aurelio se acercó a él, acortando la distancia hasta que sus rostros quedaron a centímetros. El Patrón era más bajo, pero en ese momento parecía una montaña a punto de derrumbarse sobre el joven.
—Ese contacto murió hace tres días, Ramón. Lo encontraron en una zanja con un mensaje en el pecho.
Un silencio sepulcral cayó sobre el grupo. Los otros dos escoltas llevaron sus manos a las fundas de sus armas, mirando a Ramón con sospecha inmediata.
Ramón empezó a tartamudear, sus ojos moviéndose de un lado a otro como un animal acorralado.
—No… no puede ser, jefe. Yo hablé con él. Me dio la clave… la clave de siempre.
—La clave que solo tú y yo sabíamos —murmuró Aurelio—. O la que alguien te obligó a decir después de que te vendieras por unas monedas.
En ese instante, el estruendo de una explosión sacudió el túnel. No venía de arriba, de la mansión. Venía de adelante.
El polvo cayó del techo, nublando la vista. Aurelio no se inmutó, pero sus hombres se pusieron en guardia.
—Nos tendieron una trampa —gritó uno de los escoltas—. ¡Están esperándonos a la salida!
Aurelio miró a Ramón, quien ahora lloraba abiertamente, dejando caer la maleta.
—Lo siento, Patrón… tenían a mi familia. Me dijeron que si no los llevaba a usted, ellos… ellos no iban a salir vivos.
El Patrón suspiró. No era rabia lo que sentía, era una profunda tristeza. Había visto esta película tantas veces que ya se sabía los diálogos de memoria.
—La familia es lo único por lo que vale la pena traicionar, muchacho —dijo Aurelio con una calma aterradora—. Pero el problema es que, en este negocio, cuando traicionas para salvar a alguien, terminas perdiéndolo todo.
Antes de que Ramón pudiera responder, Aurelio sacó una pequeña radio de su bolsillo.
—Plan B —dijo simplemente a través de la frecuencia.
De repente, una segunda puerta secreta se abrió en la pared lateral del túnel, una que ni siquiera sus escoltas más cercanos conocían.
—Váyanse por ahí —ordenó Aurelio a los dos guardias leales—. Lleven a este traidor con ustedes. No lo maten todavía. Quiero que vea lo que sucede cuando se juega con fuego.
—¿Y usted, jefe? —preguntó uno, confundido.
—Yo tengo una cita con el pasado. Alguien me está esperando al final de este túnel principal, y no me gusta hacer esperar a la gente.
Aurelio caminó solo hacia la zona de donde había venido la explosión, mientras sus hombres arrastraban a un Ramón suplicante por el nuevo pasadizo.
El humo se disipaba lentamente. Al final del corredor, una figura se recortaba contra la luz de las linternas tácticas.
No era un equipo de asalto completo. Era un solo hombre, vestido de civil, con una placa colgando del cuello y un arma en la mano.
—Tardaste mucho en llegar, Aurelio —dijo el hombre. Su voz era familiar, cargada de un odio que se había cocinado a fuego lento durante décadas.
Aurelio se detuvo, apoyándose en su bastón.
—El café estaba bueno, Esteban. No podía dejar que se enfriara. Además, sabía que no te moverías de aquí hasta verme la cara.
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